Las Bodas de antaño

Afirmaba Ángel Carril, en su "Antología de la música tradicional salmantina" (1), que "es la boda el rito de mayor esplendor e interés costumbrista dentro del ciclo vital... Solamente el dato de su duración -de tres a cinco días, según localidades- pone de manifiesto la consideración que tal evento merecía". El carácter sacramental ("lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre") e indisoluble ("hasta que la muerte los separe") del matrimonio hoy ha perdido cierto vigor -al menos en algunos sectores de la sociedad- y, con él, se han perdido también parte de las costumbres de nuestros mayores.

El día de la boda era una fecha clave en el antes y el después de toda persona. Suponía un gran cambio, un salto a un vacío que muchas veces se desconocía por completo cómo llenar. La nueva etapa trascendía más allá de lo humano: sirva como ejemplo la devoción de San José, una de las más comunes entre las mujeres, que consistía en confesar y comulgar durante siete domingos, rezar en ellos oraciones al Santo y concluir el último pidiendo "que las dé buena elección de estado" (2).

Las parejas, para bien o para mal, no tenían tanta relación, ni espiritual ni mucho menos física, como tienen hoy.

En Villavieja, por ejemplo, las parejas sólo se veían en los bailes, en los huertos, en los lavaderos y por la noche, a través de la reja (3), aprovechando incluso la salida de las chicas de las novenas. Y frecuentemente con la presencia de alguna "carabina" (4). Concretamente la noche de San Juan los mozos acompañaban al novio cuando iba de ronda, quizá también por ayudarle a colocar en la ventana de la novia la enramada (flores, dulces, y si el novio era rumboso, hasta pañuelos de seda). Los enamorados tenían fijados los días de ronda, miércoles y sábados, en los cuales solían verse y hablarse por la reja a altas horas de la noche. Los regalos se reducían a pañuelos de seda para la cabeza, por parte de él, y por parte de ella a moqueros marcados por su mano. Los agasajos mutuos más comunes eran los cachetes que se daban al saludarse en broma ("nombrás") cuando el novio (que era generalmente el que atizaba), quería dar mayor fuerza a un piropo amoroso. (2)

Poco antes de la época que vamos a tratar (principios y mediados del siglo XX), incluso "era general que los padres arreglaran el casamiento sin contar con la voluntad de los hijos. Uno de ellos proponía el enlace y si el otro accedía, se comenzaba a tratar de lo que había de dar cada uno. El poner la casa era cuenta de la novia, mientras que el novio solamente llevaba la cama y los instrumentos de su oficio." (2)

De una u otra forma, era un gran paso del que no se podía dar marcha atrás. La decisión, una vez tomada, se hacía con todas las consecuencias ... y por todo lo alto.

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Los agasajos mutuos más comunes eran los cachetes que se daban al saludarse en broma ("nombrás") cuando el novio (que era generalmente el que atizaba), quería dar mayor fuerza a un piropo amoroso.

La pedida

Aproximadamente un mes antes de la boda los padres del novio -e incluso los hermanos, como en Hinojosa (5)- acompañaban a éste a casa de los padres de la novia para pedir su mano "y concertar las dádivas o regalos de una y otra parte" (2). Aunque es de suponer que las relaciones eran sobradamente conocidas por todos, no era de extrañar escuchar palabras de admiración y sorpresa por parte de los padres de la novia: "¡Pero si no sabíamos nada! ¡Completamente inocentes!" (6), exclamaban con cierto teatro y socarronería. Tras la formal petición, que se concedía "de buena gana", tomaban unos dulces y los novios se intercambiaban los regalos que tenían preparados al efecto. A la novia le regalaba el novio un pañuelo y algunas otras prendas. La novia al novio una camisa calada con rehilado y botón de oro y unos calzoncillos (prenda no tan habitual como ahora; los abuelos de nuestros padres solían estrenarlos por primera vez en esta ocasión).

Es de suponer que, cuando se llegaba a este punto, el resultado estaba "cantado", máxime en unos pueblos donde todo el mundo se conocía. No obstante, algunos no debían tenerlas todas consigo; es curiosa la coplilla que, a este respecto, todavía recuerdan nuestros mayores y que más o menos decía así:

  "A lo que vengo, vengo

  a pedir la novia.

  Si me la dais la cojo

  si no, me vuelvo"

...tras cuya portada de fanfarronería se adivina el nerviosismo de quien cree tener mucho que perder. Echa la petición de mano en la intimidad de ambas familias, no podía pasar mucho tiempo sin pregonar a los cuatro vientos tan importante noticia. Vienen Las Proclamas, Amonestaciones o Pregones.

 

Los Pregones

Se hacían durante los tres domingos anteriores a la boda. El primer domingo se celebraba el acontecimiento a nivel de calle, popular. Amistades y conocidos de ambas familias festejaban en bares y tabernas la nueva noticia cantando y bailando hasta las tantas.

El segundo domingo, ya todos más tranquilos, felicitaban a los contrayentes y familiares cercanos. Era el de la enhorabuena ("Dios os haga bien casados"), con convite incluido para parientes, vecinos y todo el mundo que se acercara por casa. Los "mozos de bandeja" (los amigos y amigas íntimos del novio y de la novia) solían encargarse de repartir los dulces  -ellas- y el vino -ellos- a  quienes acudían a dar la enhorabuena. (2)

"En esta ocasión, novio y novia ofrecían a los asistentes un pañuelo por lo que este día se le conocía como "el día de los pañuelos" (5). Como en la primera semana, se terminaba con cantes y bailes. En algunos lugares este día ofrecía la novia una cena al novio y amigos comunes. En Bermellar el día de la 1ª amonestación el novio obsequiaba con vino a todos los mozos en el baile público y la novia al recibir la enhorabuena en su casa, invitaba a las mozas para obsequiarlas el día del 2º pregón. (2)

El tercer domingo era el de la despedida de soltero (sólo por parte del novio). Preparaba una cena para los amigos y, como en semanas anteriores, se terminaba en baile y canto.

 

Las Invitaciones.

Se hacían en mano a los que vivían en el pueblo, cada parte a los suyos, y por carta a los ausentes. Los novios con su acompañamiento invitaban a parientes, vecinos y amigos íntimos "a acompañar, a bailar y a comer de lo que haya" (7).  Los padres y padrinos iban a las casas de parientes más lejanos y amistades no tan íntimas, a lo que se llamaba a "acompañar", invitación que las amigas solteras de la novia hacían extensiva a casi todo el pueblo. "Acompañar" suponía la asistencia a la Misa y ceremonia nupcial y al convite posterior, a base de chochos, obleas, floretas, perronillas y otros dulces típicos, según las posibilidades. A los invitados que acompañaban solamente a la iglesia a los novios se les llamaba "cabestros". (2)

"Antiguamente el vino se repartía en cuencos de Talavera en los que se echaba, y sobre él nadaban unos bernagales de plata o lata, recipientes aplanados y con asas que cada invitado metía en el cuenco y se servía, devolviéndolo al mismo después de su uso." (7)

Otra invitación era la que hacía la novia con las amigas, a todas las mozas del pueblo, para que de esta forma tuvieran disculpa y motivo para asistir a los bailes de las dos tardes siguientes.

Los padrinos de la boda eran los del bautismo de ambos contrayentes en Hinojosa, y tenían licencia para invitar a tantas personas como los padres de los novios. En Lumbrales el novio designaba los padrinos, que en este caso sólo podían invitar a un máximo de dos personas cada uno.

 

Los preparativos

Aunque muchas de las invitaciones que se hacían eran sólo "para acompañar", el número de invitados a la fiesta (comidas, cenas, convites, etc.) era considerable, especialmente si se tiene en cuenta el reducido espacio de una casa familiar (algo mayor, sin embargo, que los pisos de hoy en día), normalmente la casa de los padres del novio. Para colocar, servir y alimentar a todos ellos era necesario disponer con tiempo todos los preparativos que requería la ocasión. 

Dos o tres días antes de la boda las mujeres pedían entre el vecindario las mesas, sillas, loza, y cubiertos que precisaran, tanto para la mesa del banquete como para los convites. También se ocupaban de preparar grandes cantidades de dulces para la ocasión: perronillas, mantecadas, obleas, almendras garrapiñadas, etc.

Los hombres mataban el novillo y/o las ovejas o cabras (según las zonas y la economía de la familia) que habían de ser la base del banquete. "Si lo hacían por la mañana, se reunían a mediodía con las mujeres, para comer un plato de "chanfaina" (8), dedicándose luego a cortar las chuletas." (5)

El día de la "anteboda" ya quedaba casi listo el menú. Era costumbre ofrecer ya ese día una cena a los invitados a base de sopa, "chanfaina" y chuletas. Las cocineras -normalmente se buscaba la ayuda de alguna experta guisandera- mataban los pollos (imprescindible entonces en las grandes ocasiones), adobaban las carnes, y en grandes perolas cocían el arroz con leche y canela que habría de servir de postre, o las natillas con galletas, o los flanes de huevo y leche. Al atardecer un tamborilero recorría las calles del pueblo anunciando la fiesta con el consabido "pasacalle" (9), mientras que las amigas de la novia iban a "cantarle el ramo" a la prometida. La música era parte imprescindible en todas las bodas, "no sólo por su aportación lúdica, sino por su capacidad convocadora y comunicadora para las distintas etapas necesarias de resaltar: ir a buscar a los novios, despertar a la población, para las ceremonias en la iglesia, llamar al convite, convocar a la comida, ordenar la espiga, etc." (1).

 

El día de la boda

Uno de los días de la semana siguiente a la última amonestación (normalmente el jueves o el sábado siguiente) y entre las 9 y las 11,30 de la mañana se celebraba la boda.

Antes de salir de sus respectivas casas, los novios, de rodillas antes sus respectivos padres, pedían su bendición, que les daban emocionados trazando sobre sus cabezas la señal de la Cruz.

Antes de la ceremonia los invitados y acompañantes de cada uno de los contrayentes disfrutaban ya del primer convite. El novio, del brazo de la madrina y en comitiva con sus padres e invitados, iba a buscar a la novia al son del pasacalles del tamborilero. En muchos pueblos era costumbre en que el novio llevara capa y la novia mantilla redonda y mantón de Manila.

La madrina entraba a buscar a la novia mientras el novio se quedaba esperando en la puerta. La novia salía del brazo del padrino y, tras su futuro-próximo esposo y el tamborilero, encabezaban el cortejo nupcial,  llegando así a la puerta de la iglesia, donde se celebraba la ceremonia sacramental (arras, anillos...) tras la cual se entraba en la iglesia para celebrar la Misa de Velaciones y demás ritos litúrgicos.

En el altar, de espaldas al público, el cura cubría a los novios con el "yugo" (especie de toalla con flecos) y la estola. Esta última se colocaba de tal forma que cubriera la cabeza de la novia y los hombros del novio. Si se caía era augurio de mala suerte.

Después de la misa los invitados iban a casa del novio y tomaban el almuerzo a base de tajadas. Y a "correr" el pueblo con el tamboril, bailando en todas las plazas y torales hasta que, a media mañana, se celebraba nuevo convite, esta vez en la casa de la novia (chochos, obleas, perronillas, almendras garrapiñadas, etc.). Y más baile hasta la hora de comer.

 

La comida

Entre las tres y las cuatro de la tarde los invitados se daban cita por el lugar del banquete. Contrayentes, padres y padrinos tenían -como hoy- lugar propio en lo más céntrico de la sala.

La paella era casi el plato obligado; después, la carne y de postre arroz con leche y el "bollo maimón" (tarta casera compuesta de almendras molidas, huevo, leche, harina y otras esencias, todo ello amasado y cocido al horno).

Durante la comida, o a los postres, solía irrumpir algún grupo de cantores, bien ajenos a la comitiva o bien entre los propios invitados, para, tras pedir la oportuna licencia, entonar el "presente", ofreciendo algún regalo especial y cantando esta típica tonada nupcial. En Villavieja es obligación de la madrina regalar el presente, que consiste en un canastillo lleno de dulces y cubierto con una servilleta que aquella pone encima de la mesa después de terminada la comida de boda. Los parientes y amigos solían regalan objetos de uso doméstico. (2)

El "presente" solía ser un momento de especial emotividad para todos. Con distintas variantes en letra y música se cantaba en todos nuestros pueblos. En general hacía alusión a la belleza de la novia ("Mira novio pa la mesa / y allí verás una rosa / que en la puerta de la iglesia / te la dieron por esposa") y la suerte del novio que la llevaba; a los padrinos ("La madrina es una rosa / el padrino es un clavel / y la novia es un espejo / y el novio se mira en él"), al cura y a la buena mesa del banquete ("Aquel pajarito madre / que canta en aquella higuera / va diciendo en su lenguaje / que viva la guisandera").

Después de la comida, los invitados solían alternar por los cafés o bailar en el salón de la villa. A media tarde otro convite, nuevamente en casa del novio, y el baile de LA ROSCA (10), que normalmente se hacía "a la puerta" de la madrina, quien la ofrecía.

"Al toque de la oración, como siempre, se dejaba de bailar y se iba procesionalmente a llevar a los novios a su casa, entonando una bonita canción alusiva a las obligaciones que habían contraído:

  "Ábranse las puertas del alto castillo:

  que viene la novia con el su marido.

  Si oyeres reñir, cierra tus ventanas;

  no seas testigo de las lenguas malas.

  Si oyeras reñir, cierra tus balcones;

  no seas testigo de murmuraciones." (7)

Tras otro convite a últimas horas de la tarde, más bailes y más canciones, allá por la media noche se asistía a la cena. "Judías blancas, pollo o pescado y flan y el condimento siempre a punto de los cantos, los chistes y las bromas." (5) Este solía ser el peor momento para los novios, que no veían la forma de quitarse de encima a los mozos solteros. Era el "escarrapiche" o "escarrapichona", la obligación de los recién casados de atender una y otra vez, como buenos anfitriones, las demandas de vino de los cada vez más "cargados" mozos cuya única finalidad era la de retrasar todo lo posible el encuentro íntimo de los recién casados. Si alguno de los contrayentes era viudo-a, tenía que sufrir la "cencerrada" o "chocallá" que consistía en proferir toda clase de ruidos con cencerros y otros utensilios tras los recién casados, haciéndoles recorrer todo el pueblo.

 

La Tornaboda

Todavía quedaban ganas y humor para continuar los festejos al día siguiente, el de la tornaboda: otro día de diversión y comidas para todos los invitados que, más o menos, se desarrollaba como el día anterior. Después de la Misa, ya que la tornaboda solía coincidir con el domingo, los novios acompañados alegremente por mozos y muchachos, recorrían todo el pueblo pidiendo el "ratón", donativo en dinero o en especie que todos los vecinos les daban para cubrir las primeras necesidades de su vida en común. (5)

Y como fin de fiesta, baile para todo el mundo. Era la invitación tácita de los nuevos esposos que eran "pueblo". Era justo que el pueblo entero participara de la alegría de los desposados. (7)

Y terminamos como empezamos, con Ángel Carril (11), de quien extraemos: "Es imposible describir el desarrollo de los desposorios en la provincia de Salamanca conforme a la vieja usanza, por la diversidad de variantes y por la necesaria minuciosidad con la que deberíase tratar el tema". La descripción que aquí se hace no ha podido ser todo lo minuciosa que hubiéramos deseado. Tampoco es exclusiva de ninguno de los pueblos de El Abadengo, si bien pretende englobar el general sentir de todos ellos. Sólo con el fin de acercar a las nuevas generaciones una película aproximada y lo más fidedigna posible de lo que, en líneas generales, eran el espíritu y la forma con que nuestros abuelos vivían y sentían esos días, nos atrevemos a hacer esta recomposición.  

(1) Ángel Carril Ramos. "Antología de la música tradicional salmantina". Diputación de Salamanca. 1986

(2) Juan Francisco Blanco. "Usos y csotumbres de nacimiento, matrimonio y muerte en Salamanca". Diputación de Salamanca 1986

(3) Hay una canción, archiconocida en la zona y todavía muy cantada, que hace alusión a estos encuentros:

 

Vengo a cantarte a la reja

porque no puedo vivir sin ti

y al ver que no estás en ella

no sé qué pasa por mí.

Pensando que estás con otro

ganas me dan de ser matón

si estas rejas que son tuyas

fueran las de mi prisión.

(Estribillo)

Pero eres tan bonita

que a mí me da mucha pena

y en vez de irme con rabia

nena, nena,

a besos te comiera

y temblando de emoción

que es más grande que mi pena

mi pasión.

(4) "Carabina": Señora de compañía, particularmente la que acompañaba a una señorita para que no saliera sola con el novio. María Moliner. "Diccionario de uso del español". Edit. Gredos. Madrid 1983

(5) José Frutos Gamito. "Religiosidad popular en Hinojosa de Duero (Salamanca) un rincón del Abadengo". Universidad Pontificia de Salamanca. 1985

(6) Manuel Moreno Blanco. "La Gudina, impresiones de un nativo". Vitigudino 1977

(7) Juan López Simón. "Ahigal de los Aceiteros". Artes Gráficas Lletra. Ciudad Rodrigo. 1993

(8) ("chanfaina": guiso preparado a base de sangre, hígados y corazón del animal sacrificado)(9) El "pasacalle" es -tras la alborada- el segundo recuerdo musical que en otros tiempos imprimía carácter de fiesta a la jornada escogida para olvidarse -aunque fuera por un día- del duro bregar cotidiano. Este tiene una misión muy concreta, ceremonial y convocadora. Así los hay de "mayordomías", de "bodas", "para salir del baile dominical", etc. Del mismo modo era el ritmo que acompañaba el intencionado paseíllo del tamborilero -el espejo- invitando a despejar a mozos y muchachos el improvisado ruedo de una casera plaza de toros conseguida a base de carros imbricados entre sí. Y también el "pasacalle" amenizaba los entreactos cuando comediantes y faranduleros o simplemente aficionados entretenían a los vecinos con ese difícil arte del teatro. (Angel Carril,  "Antología de la música tradicional salmantina". Diputación de Salamanca. )

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(10) El baile de la Rosca tiene singular relevancia por ser pieza musical y expresión coreográfica creadas especialmente para las bodas. Interpretada en distintos momentos, según las comarcas, la Rosca o Pica viene a suponer por su desarrollo y ejecución la síntesis plástica de la relación amorosa de los recién casados. Galanteos y desprecios en escuadras y esquinas alrededor de una mesa, mientras el tamboril marca el elegante ritmo de "charro" para terminar en una persecución invitados por el "fandango" o "jota" con espuela hasta hallarse cara a cara, entremezclando en algunas localidades unos compases de "agarraos", influencias inevitables de los nuevos estilos.

La mesa, axil de la parada bailable, aguantaría una rosca o pica o bollo maimón que, acabado el baile de su mismo nombre, repartirían entre los congregados asistentes una vez fuese descubierto el mantel o mantón de ramo con el que punta a punta a lo largo de su ejecución se había ido tapando en señal de recordatorio situacional para bailadores y tamborilero.  (Angel Carril, ob. cit.)

(11) Ángel Carril Ramos. "Canciones y Romances de Salamanca".  Librería Cervantes. Salamanca 2ª edición. 1992